
30: AGELESS BEAUTY
Una tarde de enero del 2020 estaba sentada en el Postman’s Park escuchando “The Blower’s daughter”. Era mucho más que un cursi cliché estar en la locación de la película “Closer” con el soundtrack sonando en mis audífonos. Byron y yo alguna vez hablamos sobre la trama y sobre Damien Rice, le dije cuántas ganas tenía de ir a Londres por esa película, entonces me reviró: “Oye sí, tenemos que ir a ese jardín para oír la canción y tomarnos unas fotos muy pro, todas artísticas como Natalie Portman”. Once años después, estaba viviendo todo eso al lado de un hombre increíble pero que no era Byron. Fue inevitable recordar que el próximo febrero cumpliría 30 años. Volví a caer en un loop mental preguntándome cómo sería su vida. Pensé en el impacto de haberlo conocido y cuánto me había movido su desenlace.
Esa fue la primera vez que me enfrenté (conscientemente) con la muerte de alguien que amaba. Su partida me abrió los ojos, me hizo sentir mi corazón y salir de un piloto automático. ¡Qué ironía! Hay muertes que nos enseñan cómo se tiene que vivir la vida. La muerte sacude, replantea el futuro, transfigura lo que conocías de ti, te cuestiona, te cambia y a veces, desplaza el norte del rumbo. Es tan agria que cuando la persona que amamos se va para siempre, todas sus cualidades y virtudes duelen mucho más. Sabemos que la vida es finita y que morir es parte de ésta, pero nunca estamos totalmente preparados para dejar ir a quien queremos, mucho menos cuando esa persona sella su final por propia voluntad.
¿Qué palabras tienen el poder de aliviar profundamente después de perder a alguien tan joven de esa manera? Las elegías casi nunca son suficientes para asimilar lo incomprensible ni para serenar el alma, pero ayudan un poco a honrar la memoria de los que se van. Alguna vez leí que nos aferramos a los recuerdos porque es lo único que no cambia cuando todo ya ha cambiado. Yo no quisiera recordar a Byron construyendo una hagiografía, contándome la historia sobre alguien impecable sólo por el hecho de que ya no está. Por su puesto que tenía defectos, también cometió errores y tropiezos. Insisto, no es que haya sido un hombre perfecto, pero fue -por mucho más- alguien EXTRAORDINARIO. Es por eso que siempre elijo recordarlo desde todo lo excepcional que le conocí.
Nunca auguré el lugar especial que ocuparía en mi vida desde nuestro primer encuentro. Nos conocimos en una clase de Geometría en la prepa del Tec de Monterrey. Mis amigas y yo hicimos equipo con él y sus amigos porque se sentaban en la mesa contigua del salón. En una sesión de estudio nos quedamos solos y al verme en crisis de ansiedad, me explicó con mucha paciencia la tarea:“No te preocupes, está muy fácil. Si quieres hacemos los siguientes ejercicios juntos y si te atoras, me dices. Es más, ya sé, hay que poner música”. Sacó su Ipod clásico y me colocó uno de sus audífonos, después se acercó a mi y empezó a bailar mientras escuchábamos “Just like heaven” de The Cure: “Esta canción me pone de muy buen humor. Vas a ver que esto nos ayuda a concentrarnos y a relajarnos”. ¿Cómo no lo iba a amar?
La música fue lo primero en lo que coincidimos cuando comenzábamos a hablarnos en la clase. Nos agregamos en Hi5 y nos compartíamos canciones de tantos grupos que seguíamos como The Killers, Arcade Fire, Foo Fighters, The National, Kings of Leon, Beirut, Sigur Rós, The Hives, Stars, The Smiths, Save Ferris, Los Bunkers, Interpol, Pearl Jam, Band of Horses y muchísimos más. Aunque tenía un gusto bastante amplio, le daba un poco de tirria la música muy pop comercial (él le decía "música prostituida"). Gracias a sus recomendaciones conocí a New Buffalo, Feist, Broken Social Scene, The Dears, The Cat Empire y Kashmir. Una tarde estábamos en la terraza de la biblioteca escuchando canciones aleatorias en mi Ipod. No olvido cuánto se carcajeó al verme hacer un lip-sync cantándole "Girlfriend" de Avril Lavigne (con obvia dedicatoria), y cómo eso lo animó a que bailáramos juntos Letters to Cleo, Kings of Convenience y la canción de "Murder on the dancefloor". A Byron le daba risa y algo de pena porque decía que “no era bueno con las coreografías”. Todavía me acuerdo de recibir un SMS en la noche que decía: “Heyyy you are a really good dancer! Hohoho fue muy divertido hoy. Tenemos que ir a algún concierto juntos... bonne nuit, ilse! Arrrrrrrr te quierooooooo muchooooo”.
Mientras más lo conocía, más me deslumbraba su valentía para no querer encajar, para hacer lo opuesto de lo convencional y no por simple capricho o renuencia. Tenía un alma rebelde que siempre cuestionaba todo porque estaba decidido a hacer sus propias reglas y a construirse bajo sus términos. No tenía miedo de dudar de las "verdades absolutas" para encontrar las respuestas que tuvieran lógica para él. Decía que la vida era una aventura que había que vivir sin miedo tomando los riesgos necesarios, así que no le gustaba conformarse en muchos sentidos. Era muy joven pero tenía un espíritu lleno de voluntad para encontrar un propósito de existir. Me sorprendía su sabiduría y la madurez que albergaba a su corta edad. Me gustaba su franqueza para ser él mismo sin vanidad alguna y sin trazas pretenciosas para impresionarme; porque aún sin un esfuerzo calculado, ya me encantaba por todo lo que hacía. También era profundo, inteligente, observador, muy curioso, con convicciones claras y tenía un sentido del humor sarcástico que me hacía reír muchísimo. Cada vez que platicábamos me dejaba ver una sensibilidad genuina para percibir el mundo desde un lugar distinto. Valoraba tanto la libertad y el desapego, que a veces era difícil seguirle los pasos porque siempre parecía estar dos más adelante.
Su forma de querer y de compartir amor era inusual, linda, sincera, espontánea, no siempre tradicionalmente romántica o cursi. Me acuerdo de una vez en la que mencioné cuánto extrañaba las Tim Tams de Australia. Semanas después fue a buscarme a mi salón para sorprenderme con un paquete de esas galletas, un beso en la mejilla y un “Te quiero mucho”. En otra ocasión llegó imprevistamente a la mesa donde yo estaba con un amigo y me dijo: "Te quería preguntar qué ibas a hacer porque falta media hora para entrar a clase. ¿Quieres venir conmigo a ver el amancer desde el último piso?". Fue la primera vez en la estuvimos tan juntos que casi nos besamos. Sus nervios lo delataban con sus chistes malísimos pero -muy- graciosos y su risa en cada intento por abrazarme. Jugaba con mis manos y se aproximaba a mi con el pretexto de ver el color de mis ojos. En ese último semestre, la terraza de la biblioteca de la escuela se convirtió en "our place". Él le decía así porque nos gustaba subir para sentarnos a escuchar música y platicar.
Cuando estábamos lejos nos escribíamos correos extensos contándonos de todo. Primero él desde México y yo en Australia, luego yo en México y él en Tennessee. Me emocionaba cuando veía su nombre en mi Bandeja de Entrada, así que me tomaba el tiempo para leer sus mails, algunos firmados con "A Byron that misses you", o "Boahhh ...you are loved". Nunca perdía la oportunidad para refrendarme las mismas ideas en cada correo. Tal vez son frases que pude haber visto en una cuenta de quotes en Instagram, o en la pared de un café buena onda, pero siempre es quien nos deja las lecciones lo que lo hace personal y valioso. De lo más bonito y significativo que me escribió, podría rescatar lo siguiente:
-
“Never stop exploring; Life is either a daring adventure or nothing at all; Carpe Diem; Seize the day”. (Más allá de ser sencillas frases con las que cerraba sus correos, presiento que intentaba vivir la vida desde cada una de éstas).
-
“Ilse, remember this: Things happen and we must take the best out of them”.
-
“You are young so keep in mind to love like you’ve never been hurt before. Give the chance for the unexpected!”
-
“Push boundaries and take risks in search of new knowledge and unconventional ideas”.
Pero invariablemente, mi favorita será la línea que creó para su clase de Filosofía: “Life is too short to be always inside”. Una tarde estábamos en la cafetería de la escuela y me enseñó el video que había hecho con su amiga: “No sabíamos qué hacer ni qué grabar, entonces ví la ventana y pensé que podría hacer algo que significara la libertad”. Sin duda, era un reflejo de su inquietud por nunca estancarse en un mismo sitio. Me bastó una sola vez para ver el video y jamás olvidarlo. Se convitirtió en un mantra importante para mi, aunque para él fue un proyecto con una calificación no tan buena como él esperaba: “Creo que la maestra no le entendió a mi concepto, o tal vez los otros videos estuvieron más pro que el nuestro en sepia y yo ahí saliendo de una ventana”.
Todavía hay varias referencias que me evocan a él pero me da tanta paz saber que son cosas buenas, tal y como era su esencia. Cada detalle que lleva su nombre son extensiones del life motto con el que vivía, y que muy a pesar de sus batallas internas, hacía lo posible por sentirlo todo como decía su canción favorita de Feist. Recuerdo la emoción que me compartía por aprovechar cada segundo: Recorrer Tennessee, Seattle o la misma CDMX con su bici, caminar por Vancouver, pasear por los callejones de Guanajuato, ir al Cervantino, viajar con su familia, pasar tiempo con cada uno de sus hermanos, ser parte de movimientos activistas con Greenpeace y Amnistía Internacional, tomar muchísimas fotos, hacer videos y editarlos, leer tanto como pudiera, revisar la sección de fotos espectaculares de National Geographic, ir al Festival de Cine Francés, buscar inspiración en books de retratos en blanco y negro, escuchar música nueva en MySpace y compartirla, asistir a muchos conciertos y festivales, salir con sus amigos, explorar lugares con naturaleza y árboles, ver short films de todo tipo, planear ajustes de su gigantesco collage que cubría las paredes de su cuarto, pasear por las calles para encontrar spots interesantes, conocer gente nueva (porque tenía una gran soltura para hacer amigos rápido gracias a su personalidad amable), involucrarse en peticiones de derechos humanos y cambio climático, seguir las elecciones cuando Obama era candidato a la presidencia en el 2008, o la conmoción de ver el cielo con su telescopio desde la azotea de su edificio.
A Byron le fascinaba la astronomía y amaba admirar las estrellas, la Luna y los eclipses. Revisaba la página de la NASA muy seguido, leía libros sobre el Universo, veía las imágenes tomadas desde el espacio y buscaba la ubicación de las estaciones espaciales. En un correo me confesó que se sentía vivo cada vez que contemplaba los amaneceres y los atardeceres. Le gustaba observar los arreboles y sentirse presente en el momento en el que el Sol salía o se metía. Decía que esos eran de los pocos instantes que hay que guardar bien en la memoria porque son los que nos roban el aliento. Como buen melómano, me insistía que era mejor experimentarlos con una buena música de fondo. Alguna vez me recomendó a Broken Social Scene y a Louis Armstrong para observar el mundo girar. Ocasionalmente pienso en él cuando hay un escenario bellísimo arriba o frente a mi, sobre todo si estoy escuchando una buena canción que acompaña el momento.
Mientras que él tenía fé en la astronomía; yo por otro lado, buscaba en las cartas astrales los motivos del por qué me había enamorado de él. A Byron le daba risa cuando leía los horóscopos todas las mañanas y aunque no creyera en eso, me dejaba contarle el suyo mientras él revisaba su correo. Años después de su muerte entendí que no eran nuestros signos, ni Mercurio Retrógrado o las conjunciones en Venus. Quizá hay algo de cierto en la abismal incompatibilidad entre Acuario y Cáncer que se predice en la astrología; pero lo que sí es seguro es que tuvo mi corazón porque jamás encontraría a alguien como él. En eso residía su magia, en todos esos detalles tan únicos, tan suyos que me desordenaron y que me reordenaron también. Tenía una tremenda fuerza que me inspiraba a querer dar lo mejor que yo tenía. En todo el tiempo que compartimos juntos, me dió confianza, contención y apoyo cuando más lo necesité. No lo idealizo ni romantizo su personalidad, pero sí debo reconocer que su presencia tenía una electricidad contagiosa que me hizo feliz.
Naturalmente, también tuvimos días no tan buenos en los que nos dábamos espacio cuando no hablábamos el mismo idioma. Sólo una vez tuvimos un desencuentro que produjo que nos apartáramos. La comunicación nos falló, las cosas cambiaron y elegimos otros caminos con personas que aparecieron en nuestras vidas. Durante ese alejamiento sentí un muro kilométrico entre nuestros corazones, porque parecía que íbamos en sentidos opuestos. Pensé que no volveríamos a hablar igual después de mandarle una carta precisando un final tibio. Afortunadamente, no pasó tanto tiempo para que nos reconciliáramos en una llamada. En ese par de meses comprendí que valoraba su presencia, su amistad y nuestra forma de estar juntos, por encima de cualquier expectativa o ilusión. La distancia me hizo darme cuenta que podrían irse personas de mi vida, pero a él no quería volver a tenerlo lejos porque ya era importante para mi.
Creo que por eso en los días que lo extraño, me encapricho queriendo "una última vez más" para verlo, leerlo, escucharlo. A veces hay tanto que me gustaría comentar con él, que no doy crédito que no esté aquí, viviendo y disfrutando de la misma vida. Admito que en los momentos de debilidad, entre la nostalgia y la melancolía, caigo en la trampa de una negación engañosa, así que me atrevo a escribirle mails como si jamás se hubiera ido. Y cuando soy lo suficientemente valiente para no dejarlos como borradores, me quedo con una esperanza absurda, casi casi cruzando los dedos esperando una respuesta tan a su estilo como la que alguna vez envió: “Ilse, tomé unos días pero ya estoy aquí, listo para volver a ti…. Love, Your Fideo =)))) ”.
Sin embargo, hasta ahora no ha habido ninguna magia ni una máquina del tiempo que revierta el final. Cerati lo describe mejor: “Desordené átomos tuyos para hacerte aparecer”. Por más que he desordenado los suyos una y otra vez, sólo encuentro silencio y vacío que son demoledores. Entonces esa resignación que ya había aceptado, con la que ya estaba aprendiendo a coexistir en paz, se vuelve insoportable sobre todo cuando pienso en los contrafactuales y las imposibilidades: ¿Qué estaría haciendo? ¿Cómo sería su vida? ¿Sería feliz? ¿En dónde viviría? ¿En qué trabajaría? ¡Seguro ya hubiera hecho muchísimos proyectos de foto, cine y documentales! ¿Cómo se vería? ¿Se hubiera dejado crecer la barba como alguna vez me dijo? ¿De qué nos estaríamos riendo? ¿Ya hubiéramos viajado a Nueva Zelanda como lo prometimos? En fin, hay ausencias que se lamentan toda la vida. No importa cuánto tiempo pase, son como esas heridas que cicatrizan pero que nunca dejan de doler. No sé qué me encoge más el corazón, si la incertidumbre de todo lo que pudo haber hecho en su vida, o la certeza de que jamás lo volveré a ver con sus ojos verdes y su sonrisa encantadora.
Cada vez que recapitulo todo en mi mente, me siguen desconcertando algunas “sincronías” que aún no he podido determinar si fueron “señales del Universo", o simples coincidencias. Antes de que se mudara a USA, nos vimos por última vez en Coyoacán una tarde fría de agosto. En mi rumbo un hombre joven saltó repentinamente a las vías del metro entre las estaciones de Xola y Villa de Cortés. El tren no estaba en el subterráneo y por suerte, tenía señal en mi teléfono para comunicarme con Byron. Le avisé que no llegaría a nuestra cita porque no sabían cuánto tiempo les tomaría recuperar el cuerpo. Entre las tres llamadas que nos hicimos, recuerdo su voz diciendo: “Ilse, por favor es que sí quiero verte. Me quiero despedir, hace mucho que no te veo y quiero darte una carta. No importa si te tardas, aquí te espero en el Sanborns o si me tengo que mover dime, aunque sea vamos a Plaza Universidad”. Después de dos horas, pudimos platicar en un restaurante que encontramos vacío por la calle de Xicoténcatl. La mayor parte del tiempo estuvo contemplativo, me sonreía mientras me escuchaba, en un par de ocasiones me tomó de las manos y a veces, le daba grandes tragos a su cerveza roja cuando se animaba a hablar. Al despedirnos nos dimos un fuerte abrazo y antes de subirme a un taxi, me dió un beso en la mejilla y luego un gran beso muy cerca de la boca. Sentí un vacío extraño mientras lo veía alejarse con su playera negra, sus jeans azúl obscuro, sus Vans y su messenger bag color arena. Nueve meses más tarde, escuchaba todos los días la música de Johnny Cash. Me gustaba repetir una canción que inexplicablemente me recordaba a Byron, así que le envié la letra para insinuarle que tenía esperanza de reencontrarnos pronto. No estuve ni cerca de sospechar que ese sería el último mail que yo le mandaría y que él me contestaría. Dos días después de enviarla, "We'll meet again" cobró un sentido muy triste y desolador.
La tarde en la que leí sus últimas palabras, me estrellé contra el mundo. Mi mente se evaporó sin asimilar su carta y me quedé suspendida en el tiempo. Ese día me duró tres otoños y el luto me duró unos cuantos más. Pasé las siguientes madrugadas del 2009 releyendo todos nuestros correos y repasando cada instante con él. La historia se repetía en mi cabeza una y otra vez. Buscaba "red flags" por todas partes y la culpa, el arrepentimiento y el cargo de conciencia, terminaban por desarmarme. Algunas noches lo soñaba, otras veces no podía dormir así que sólo me quedaba inmóvil en mi cama, en medio del silencio que me gritaba su nombre. Los “hubiera” pesaban más que un par de grilletes cuando el pasado me alcanzaba. Fue la primera vez en la que me sentí enojada con Dios, con la vida misma y sobre todo con él. Años después, desistí del resentimiento y comprendí que no podía ser juez y culpable al mismo tiempo sobre un albedrío ajeno que tenía que respetar.
Semanas después de la noticia, intentaba encontrarle sentido al duelo a través de la poesía, los libros, la filosofía y el arte. Le escribía en mi blog, en mi cuaderno de Van Gogh y en cada ensayo. Nunca había sentido ni vivido algo así, no podía resolver con exactitud qué estaba pasando entre mi mente y mi corazón; mucho menos tenía claridad sobre cómo reaccionar de forma coherente. ¿Era obsesión? ¿Sentía remordimiento o coraje? ¿Era mi ignorancia sobre el suicidio y la depresión? ¿Cuáles fueron los motivos? ¿Me lo había dicho entre líneas y fui una imbécil que nunca lo notó? ¿Qué pudo sucederle que lo empujó a elegir ese final? ¿Por qué no fui capaz de ayudarlo o hacer algo por él?¿Hubieran cambiado las cosas si hubiera viajado un mes antes para ir a verlo? Yo sabía cuál era mi lugar en su vida. Tenía muy presente la plática en la que me abrió su corazón, ambos teníamos pareja en ese tiempo, así que me confesó el nombre de la mujer que consideró el amor de su vida hasta ese momento. Aunque hubieran quedado posibilidades en el aire, no me sentía con la venia de esperar nada, ni una aclaración personal, mucho menos una justificación por abandonar todo así. Pese a que nada de ésto se trataba sobre mi, no podía evitar sentir un resquemor infundado y -tal vez- ridículo.
Tenía la impresión de estar enredándome con un dolor y una tristeza que ni siquiera terminaba de entender. Si él ya no estaba y yo era joven, ¿por qué no podía simplemente llorarle unos días, guardar los mejores recuerdos en el cajón y continuar con mi vida sin que su muerte me afectara? Una noche casi tres semanas después de su deceso, fui a una fiesta en donde bebí y fumé sin parar. Me acuerdo sentir una urgencia de tener algún remedio, una especie de analgésico o algo que me ayudara a dejar su nombre atrás. Ninguna de las personas presentes sabían que mientras yo fumaba desmedidamente mi cajetilla entera, mientras tomaba un trago tras otro de varios tipos de alcohol; entre las aparentes risas, un duelo extraño me estaba consumiendo por dentro. Me sentía tan desesperada por despojarme de la bruma, de su adiós sin muchas explicaciones, de las miles de preguntas que jamás tendrían SU respuesta. Después de un par de horas, manejé muy alcoholizada de regreso a casa de mis papás mientras lloraba en el camino. Aún tengo un blackout sobre cómo llegué viva después de esa grave imprudencia pero sí sé que al día siguiente, comencé a aceptar que él ya no volvería por mucho que conjurara su nombre. Sucedía algo similar al verso de Jaime Sabines: “Esto es muy parecido a estar saliendo de un manicomio para entrar a un panteón”.
En el libro “A prayer for Owen Meany” de John Irving, hay un párrafo que resonó conmigo porque dice: “When someone you love dies, and you're not expecting it, you don't lose her all at once; you lose her in pieces over a long time—the way the mail stops coming, and her scent fades from the pillows and even from the clothes in her closet and drawers. Gradually, you accumulate the parts of her that are gone. Just when the day comes—when there's a particular missing part that overwhelms you with the feeling that she's gone, forever—there comes another day, and another specifically missing part”. Así se volvió mi proceso para reconciliar la realidad con su ausencia. Los primeros meses se sentían como un camino inconstante lleno de espirales y jirones de lo que había dejado. Las cartas, los correos, las fotos, la cámara antigüa con sus notas y lo que me había dado, tenían una carga emocional densa. El amor que había hacía él se eclipsaba cuando no podía interpretar todo lo que había dejado suelto. Tardé años en juntar varios pedazos y admitir que descifrar sus motivos y aseverar sobre éstos, era completamente inútil porque ya nada lo devolvería a la vida.
Aunque su decisión fue borrosa, acepto que me dejó el recordatorio cruel y agridulce tan trillado pero real: A la vida hay que abrazarla con todo lo que es y con quienes están. Lo que vale es la intensidad con la que amamos, vivimos y la fuerza con la que compartimos nuestros trazos con los demás. Después de que la preciosa Pina Pellicer pusiera el punto final a su propia historia, Pita Amor le escribió un poema: “Tanto eras para la vida, que tú elegiste la muerte, así cerraste tu suerte, con tu alada y santa huída”. Así Byron fue tanto para la vida; desde su mirada ya la había conocido y la había amado tanto, que eligió desatarse de ésta en un momento de paz. Antes de apagar su luz, rescató un fragmento de Virginia Woolf para cerrar su suerte y soltar todo:
"To look life in the face...
Always to look life in the face
And to know it for what it is
At last to know it,
To love it for what it is
.... And then to put it away".
Unos días antes de irse de México, me compartió la breve historia sobre una foto que tomó en el verano del 2008. La anécdota era de “Michael Angelo”, un hombre que vivía en situación de calle a quien describió como: “Clever and astute this kite can fly and soar high into the sky. Michael Angelo is simple. (...) He has cut all strings to life and has traveled far and abroad from the mountains that surround this valley. Just like a kite that brakes and flies of into many adventures, soaring threw the sky, adventuring into the most dangerous, beautiful, tropical desert parts of Mexico”. Byron fotografió a sus perros, platicó con él unas horas y empatizó con el hombre al escuchar la historia de su vida. Al día siguiente, regresó al mismo lugar para llevarle un sleeping bag y una chamarra que sabía que serían útiles para M.A: "There was a tiny spark that told me that I should get to know him a little bit more and if possible not help him but share some friendship with a goodhearted mind just like a good person would do for anyone". En esa ocasión, conversaron más a fondo sobre las personas en situación de calle y abandono social. Byron admitió sentirse “naive” respecto a las condiciones en las que viven, el trato que reciben y su calidad de vida. Previo a que ambos se despidieran, M.A. le pidió que rezaran juntos por cinco minutos. Éstos se convirtieron en veinte, ya que M.A. se sabía de memoria siete plegarias: “It had been a long time since I had seen a person of such a faith and surrender to what could be the Christian God”. Después de ese encuentro, Byron concluyó en su reflexión: “I came to realize that no matter what way you choose to worship God, may it be threw the Presbyterian churches, the Lutheran churches, the Anglican churches, the Pentecostal churches, the Baptists churches, the Catholic churches; it really does not matter as long as you are a good person (…) The most valuable thing I got out of this encounter is simply the greatest thing anyone can have from someone else, a friendship”.
Más allá de un simple "consuelo", algo debe de significar el hecho de que existan personas que lo recordamos, que celebramos su vida y que agradecemos el tiempo que fue así como él escribió, una buena persona y un buen amigo. Estoy segura de que no soy la única que lo recuerda por algo particularmente bueno que nos enseñó, que nos hizo sentir, o que nos inspiró con su misma vida. Aún me conmueve ver cómo a varios años de distancia desde su partida, sigue teniendo una energía positiva en mi gracias a todo eso que me dejó. Por eso aquí concuerdo con el poema de E. E. Cummings: “I carry your heart with me, I carry it in my heart”. Sin duda, cuando tienes la suerte coincidir con alguien que comparte de su luz, se queda grabado en donde se guardan los grandes amores, las mejores amistades, los recuerdos más especiales, las personas importantes… en el corazón.
Diecinueve años son a penas un suspiro pero estoy segura que los vivió con mucha vehemencia. Alguna vez me confesó que se sentía muy agradecido por el amor que había recibido de la gente y que también se sentía afortunado de haber dado su cariño: “Es más importante amar aunque implique sufrir el desamor, que nunca haber amado”. Le creo. Creo en la firmeza de sus palabras cuando se despidió diciendo que amó su vida hasta el último instante. Una noche me llamó desde Tennessee y hablamos de lo difícil pero increíble que es el storytelling, así que jugamos a improvisar una historia. El protagonista que inventó, era un joven que vivía en una casa de campaña en un lugar en donde se veían las estrellas y donde él recorría el mundo con su bici. Así me gusta imaginar que está su espíritu: buscando la aventura en completa libertad desde otro plano que no se puede ver pero que es espectacular. Tal como me subrayó en una de las tantas canciones que me mandó: “When I feel alive I try to imagine a careless life, a scenic world where the sunsets are all breathtaking”.
Entre las tantas canciones que yo le dediqué, hay una de Alejandro Sanz que dice: “Es que hay gente que no consigues olvidar jamás, no importa el tiempo que ESO dure”. ESO resume perfecto lo que siento por él. Byron, mi Fideo (como yo le decía), fue un gran –gran- amigo, un amor innolvidable y una persona extraordinaria. Estoy segura que lo llevaré en mi corazón toda la vida porque es imposible olvidar a alguien que dió tanto para recordar. Si todo lo que se recuerda vive; no dudo que seguirá existiendo de diferentes formas por todo lo bueno que dejó en las personas que compartimos algo con él. Qué linda casualidad del destino haberlo conocido y haber sido testigo de su corazón noble, su generosidad, su creatividad, su sentido del humor ácido, sus ganas de explorar, su curiosidad, su deseo de entender el mundo y de hacerlo mejor. Aunque ya no es lo mismo sin él, lo más especial de él transciende a través de la memoria de los que lo quisimos porque; en la vida lo más bonito y lo más profundo, es inmarcesible a pesar del paso de los años, de las estaciones y de la misma muerte.
Ilse Blanquet,
02/21